Los sacerdotes debemos prepararnos para guiar a
los demás fieles hacia una maduración de la fe. Sentimos que nosotros somos los
primeros que tenemos que abrir más nuestros corazones. Recordemos las palabras
del Maestro en el último día de la fiesta de las Cabañas en Jerusalén: «Jesús, en
pie, gritó: “el que tenga sed, que venga a mí y beba, el que cree en mí. Como
dice la Escritura: de sus entrañas manarán ríos de agua viva”. Dijo esto refiriéndose
al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él. Todavía no se había
dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado» (Jn 7, 37-39). También del sacerdote, alter Christus, pueden manar ríos de agua viva, en la medida en que
él beba con fe las palabras de Cristo, abriéndose a la acción del Espíritu Santo.
De su “apertura” a ser signo e instrumento de la gracia divina depende en última
instancia, no sólo la santificación del pueblo que se le ha encomendado, sino
también el orgullo de su identidad: «El sacerdote que sale poco de sí, que unge
poco —no digo “nada” porque, gracias a Dios, la gente nos roba la unción— se
pierde lo mejor de nuestro pueblo, lo que es capaz de activar lo más hondo de
su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va
convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la
diferencia: el intermediario y el gestor “ya tienen su paga”, y puesto que no
se juegan ni la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento
afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción
de algunos, que terminan tristes, sacerdotes tristes, y convertidos en una
especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser
pastores con “olor a oveja” — esto os pido: sed pastores con “olor a oveja”,
que eso se note—, en vez de ser pastores en medio de su rebaño y pescadores de
hombres» (PapaFrancisco, Homilía de la S. Misa crismal, 28 de marzo de 2013)De la Congregación del Clero 2013.
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