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jueves, 9 de enero de 2014

Entrevista desde Roma


http://438424cd093f86f0c7e0-2cd4f1b3b970cf6c05d6a60490c230b4.r88.cf2.rackcdn.com/mexicanopapa2192013b.jpgEl monseñor mexicano, Jorge Carlos Patrón Wong, es el nuevo secretario para los seminarios. Llegó hace apenas una semana a Roma desde la diócesis de Papantla, pero desde el primer día está trabajando en su nuevo cometido, "la relación con los rectores, formadores, seminaristas y los obispos, que son directamente responsables de sus seminarios". Un trabajo muy constructivo como todo lo que es a favor de las nuevas generaciones, tal y cómo el propio monseñor Patrón define en la entrevista realizada por ZENIT. Para esta labor, se creará un equipo nuevo, con sacerdotes de distintos idiomas y países. La Congregación para el Clero está formada por dos secretarías -una para los seminarios y otra para el clero- ambas coordinadas por el prefecto, el recién nombrado monseñor Beniamino Stella. Esto es así desde el pasado 25 de enero, tras la reforma que Benedicto XVI realizó a través de un motu proprio, que pasó la competencia de los seminarios de la Congregación para la Educación Católica a la Congregación para el Clero.

Monseñor Patrón, el pasado mes de septiembre, recibió una llamada a las cinco de la mañana del nuncio apostólico de México, que se encontraba en Francia. Al otro lado del teléfono escuchó: "monseñor Jorge Carlos, te hablo desde Francia. Me acaba de hablar el cardenal Bertone, secretario de Estado y me dijo que el santo padre va a nombrar al primer secretario de los seminarios, quiere que sea un mexicano y quiere que seas tú". Recibió la noticia con mucha sorpresa pero su respuesta no pudo ser otra que sí, algo que reconoce aprendió en el seminario "que a todo lo que me pida la Iglesia a través de mis superiores dijera que sí". Aunque afirma que para él, vivir en el Vaticano estaba completamente fuera de sus expectativas.

¿Cómo han sido sus primeros días de trabajo en el Vaticano?
-- Mons Patrón Wong. Hasta el último minuto en la diócesis de Papantla lo dediqué al trabajo de allí. Cuando tomé el avión comencé a pensar en mi nuevo pueblo y mi nueva misión, los seminarios del mundo. Llegando aquí en la mañana, dejé las maletas en Santa Marta y me vine para la congregación inmediatamente. Ya estoy acá, comenzamos.  Ese primer día hubo dos momentos significativos. Al terminar de comer me encontré en el pasillo con el papa. Él me sorprendió porque se acercó a mi y me dijo 'bienvenido, te conozco desde el Celam' y después una frase que me dejó mudo: 'estoy aquí para servirte'. Tras unos segundos de sorpresa le respondí, 'yo estoy aquí para servirle a usted y a la Iglesia'. Y como se tenía que marchar me dijo: 'Después hablamos'. El segundo momento, fue en la noche, cuando fui a la capilla a rezar. Sentí que alguien entró y se colocó detrás de mí, era el papa. Todo ese tiempo de oración en silencio, el saber que uno está orando con el papa, da una fortaleza y una experiencia espiritual extraordinaria.

Hablar del trabajo en los seminarios nos lleva directamente a hablar de las vocaciones y en consecuencia, la crisis vocacional. ¿Cómo enfrenta la Iglesia ésto?
-- Mons Patrón Wong. Cualquier elemento de una crisis, es vivida en la Iglesia desde la fe y la esperanza. Son momentos de gracia y para renovar  a la  Iglesia y para vivir con mayor autenticidad los planes de Dios. En pleno siglo XXI nos encontramos con un cambio de época, cambios muy rápidos, muy retadores y situaciones muy diversificadas en los continentes y los países. Pero al mismo tiempo con una fortaleza humana, espiritual y de experiencia formativa de siglos. Ante esta riqueza del pasado, ante la nueva situación que vivimos, es un momento de gracia para renovarnos, modificar, cambiar, adaptar muchas realidades de la formación sacerdotal de acuerdo a la realidad de las nuevas generaciones y lo que Dios nos está pidiendo para el mundo de hoy. Sin olvidar la riqueza de la experiencia pedagógica del pasado y sus frutos que es la santidad de muchos sacerdotes.
Latinoamérica se ha distinguido por una vitalidad vocacional y formativa, en los últimas décadas, es necesario contribuir con nuestra experiencia y al mismo tiempo enriquecernos con la experiencia de la Iglesia universal.
La crisis vocacional no es otra cosa que una expresión de una crisis más amplia de identidad del ser humano, de la familia, de ser cristiano, del propio mundo y de la propia sociedad. Pero hay que verlo con serenidad porque donde hay vida hay cambios.
La pastoral vocacional debe estar en todas las dimensiones de la Iglesia y todos debemos colaborar: familias, escuelas, parroquias... a vocacionalizar la vida humana. El elemento crítico es que a las nuevas generaciones se les enseña a ver la vida como una profesión y no como una vocación. Estamos en un momento precioso donde la Iglesia puede aportar al mundo y a las nuevas generaciones la experiencia de vivir la vida como vocación, llamada personal de Dios.

La formación en los seminarios ¿qué es necesario adaptar y qué debe permanecer?
-- Mons Patrón Wong. Desde el punto de vista vocacional lo que debe permanecer es la presencia y el encuentro personal con Cristo. Segundo, la vivencia comunitaria de la fe, somos Iglesia, familia. Tercero, la misión; tenemos un por qué, un para quién. Cuarto, es un camino de discernimiento; no tenemos todas las respuestas, las vamos descubriendo en el camino. Quinto, la vivencia de la fe, la esperanza y el amor que caracteriza la vida de un creyente. Sexto, la presencia de la Virgen María en nuestra vida.
Lo que sí tenemos que estar muy atentos es ¿dónde Dios vive? Hay que hacer presencia como Iglesia y cuál es el lenguaje, el modo y las formas como las nuevas generaciones viven  esos valores. Porque la sociedad de hoy es muy diferente a la del pasado. Antes estábamos más protegidos por un ambiente cultural cristiano, hoy es un ambiente más plural, en muchos sentidos muy agresivo con los jóvenes y esto implica que la experiencia del joven es muy diferente a la que nosotros vivimos. Por eso hay que descubrir dónde están los jóvenes, y estar presentes para acompañar. Es interesante ver los cambios que hay que hacer y unirlos a la originalidad, de cómo Jesús estuvo presente en el desarrollo vocacional de los discípulos.

¿Qué dificultades se encuentran los jóvenes para poder vivir esta experiencia vocacional?
--El joven de hoy vive en un mundo lleno de agresividad, por la inseguridad, la desconfianza, la violencia, la competencia. También donde lo más delicado del ser humano es muy atacado, a través de vicios y corrupciones. Un niño o un joven encuentra  a su alcance pornografía, alcohol, drogadicción, narcotráfico... y no lo pide pero llegan a él. Cuando uno comprende esta realidad, empieza a querer y amar más a los jóvenes. La experiencia vocacional se desarrolla en un ambiente y circunstancias difíciles. Y este es el reto. Para acompañar al joven, tenemos que entender esta realidad. Este mundo de hoy con tantas expectativas triunfalistas, materialistas, llenas de placer, de goces inmediatos, se topan con la realidad de la frustración porque no hay espacios donde trabajar y realizar sus sueños, es un mundo contradictorio.

El papa en la exhortación apostólica dice "no se pueden llenar los seminarios con cualquier tipo de motivaciones, y menos si estas se relacionan con inseguridades afectivas, búsquedas de formas de poder, glorias humanas o bienestar económico". ¿Cómo remediar esto?
Hay un camino que debemos hacer antes del seminario y es que los candidatos al seminario sean cristianos, seguidores de Jesús. Niños y jóvenes que sean  buenos cristianos y buenos ciudadanos. La tarea previa al seminario es esa. Si al seminario llegan buenos cristianos, lo que viene va a caminar muy bien. Es por esto que necesitamos la labor de toda la Iglesia y la sociedad. El seminario ayudará al joven que tiene alguna inquietud sacerdotal a descubrir si Dios le llama a vivir  su vocación a la santidad como ministro al servicio del pueblo de Dios, con el corazón de Cristo Buen Pastor. Hay que verificar muy bien, durante todo el proceso, que la vida cristiana esté a la base. Y desde ahí responder al llamado especifico de la vocación sacerdotal.

¿Cuáles son los indicadores para descubrir si existe o no vocación sacerdotal?

¿Cuál es la visión del papa para los seminarios?
-- El santo padre dice que este elemento formativo, constructivo y positivo a favor de las nuevas generaciones se realice. Es el aporte concreto y específico, que todo aquello que podamos hacer con la Iglesia para ayudar a que los jóvenes descubran, valoren, crezcan en la vocación que Dios les da. Los seminarios tienen un trabajo importante, no únicamente para tener mejores, más santos, más auténticos y felices sacerdotes. Si no también con aquellos que por cualquier razón entran en el seminario y Dios no les llama a eso, para que encuentren en la vida laical comprometida la felicidad de ser cristianos. Es un doble trabajo. Y un trabajo en conjunto con las parroquias, los movimientos, las familias y la sociedad.

El papa dice en la exhortación apostólica: "sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo". ¿Qué sueño tiene usted para los seminarios?
-- Sueño que los seminaristas y los sacerdotes estén siempre muy cerca de Dios y muy cerca de la gente. Porque esas dos cercanías son lo que hace feliz no únicamente a ellos, sino que hace que ese seminarista o sacerdote feliz, amando y sirviendo, produzca felicidad.
Que sean propositivos y felices. El sueño no es sacerdotes católicos para los católicos, sino para el mundo. El bien que el sacerdote debe realizar no es solo para la Iglesia católica sino para todos.

viernes, 4 de enero de 2013

La llamada que se abre paso. Feliz 2013

El pasado día 8 de septiembre ingresó en la comunidad de Carmelitas descalzas de Valladolid Ana, a partir de ahora Hna. Ana de la Virgen del Carmen, de Valladolid, de 24 años. Demos gracias a Dios por el don de su vocación y recemos por ella y por su fidelidad en la respuesta a la llamada recibida

jueves, 13 de septiembre de 2012

¿Qué hacía una chica como yo en la JMJ?


Fui a la JMJ de Sydney 2008 sin fe y volví con una invitación del Señor: “Véndelo todo y sígueme”. ¿Qué hacía una chica como yo en la JMJ? Solo unos meses antes había conocido la Iglesia, el único lugar donde se me dijo: “No te conformes, existe lo que buscas, ¿por qué no lo intentas?”


Aunque deseaba un amor limpio, verdadero y puro, trataba de conformarme con un placer sucio, momentáneo y barato. Me empeñaba en alcanzar la felicidad por un camino que solo me proporcionaba una diversión fugaz. Y la libertad… ¿acaso se podía ser libre en una sociedad que me dictaba cómo vestirme, dónde comprar, a qué lugares ir y qué debía consumir? ¿Quizás fuese solo un sueño de niña? Sueños muy grandes para una realidad tan pequeña. Siempre, al final, me veía frente al vacío, el sinsentido, la frustración. ¿Por qué? ¿No tenía todo lo que podía desear: dinero, novio, la satisfacción de un trabajo como el de enfermera que tanto me gustaba, una familia preciosa…? Sin embargo me faltaban las ganas de vivir.

Algo cambió en aquel encuentro de la JMJ. Yo, una joven española, en la otra punta del mundo encontré lo que hacía tiempo buscaba: jóvenes cristianos que se divertían sanamente, miradas limpias de chicos, una amistad que no pretendía poseerte, jóvenes que “pasaban” de las etiquetas con las que algunos pretendían desacreditarlos, jóvenes convencidos de que solo Cristo daba respuestas verdaderas a la vida. E inmediatamente se me presentó un fantasma: ¿No será una experiencia pasajera, fugaz, sin duda más agradable y bella que otras, pero que se desvanecerá cuando concluyan estos días de encuentro?

No sé cómo ocurrió, pero fui a la capilla y creí. Me arrodillé y pregunté: “Señor, ¿qué quieres de mí?”. Una hora después tenía la respuesta en mi mano. Una misionera de la caridad me regaló un papel con una frase que decía: “Sé solamente de Jesús a través de María”. Una pregunta me asaltó: ¿Yo, en la vida religiosa? Mil dudas inundaron mi cabeza, pero en mi corazón ya reposaba la certeza de que Él era a quien yo estaba buscando, solo Él daba respuesta a mis interrogantes más hondos. Me dije: “Sí, Señor, te entrego mi vida pero en las misiones”. Sin embargo, con Dios, como decía la Madre Teresa, no hay ‘peros’ que valgan. Desde luego mis caminos no eran los suyos: yo pensaba ser del Señor sin dejar la enfermería, pero Él me mostró que mi misión era otra… aunque más tarde descubrí que su designio para mí resultó ser lo que más deseaba.

Un día antes de salir de Australia, frente a nuestro hotel un hombre se tiró desde lo alto de un edificio, y una reflexión espontánea se apoderó de mi corazón: “A donde tú quieres llegar no llega la enfermería, sino la oración”. Yo, que trabajaba en oncología infantil, había experimentado de cerca que para encontrar el sentido de la enfermedad, del dolor, del sufrimiento, de la muerte no existe ninguna medicación. Conocí mujeres que sufrían angustiadas ante una gripe de sus hijos y también madres creyentes que afrontaban en oración, con fortaleza y ánimo el cáncer de sus bebés… A mí misma ¿no me salvó la oración? Dije: “Señor, de verdad, haz con mi vida lo que quieras”.

Tres meses después ingresé en el Instituto Iesu Communio, recientemente aprobado por el Santo Padre. En esta última Jornada de la Juventud, celebrada en Madrid, se me concedió el regalo de saludar como religiosa al Santo Padre, y echarme a sus pies en representación de mi comunidad, Iesu Communio, que quiere permanecer siempre postrada, fiel y obediente a la Madre Iglesia. Una mirada, un saludo, un gesto del Santo Padre puede cambiar la vida entera. Hoy puedo decir, como el joven rico, que a mí Cristo en su Iglesia me ha mirado con amor.
Llena de alegría en este camino de seguimiento a Jesucristo, quisiera concluir agradeciendo al Santo Padre su testimonio y enseñanza: “Cristo no quita nada, absolutamente nada, de lo que hace la vida libre, bella y grande”.
Gracias, Jesucristo; gracias, Madre Iglesia.

Testimonio de una Hna de Iesu Communio con motivo del aniversario de la JMJ. Publicado por “La Razón” Agosto de 2012

martes, 4 de septiembre de 2012

¿Cómo viven los seminaristas en China? (y II)




 
Primavera en China

La Iglesia en China lleva siglos de persecución. La sangre de los mártires, semilla de los nuevos cristianos, está brotando. Una primavera del cristianismo está llegando a China. Cada año, a pesar de la falta de libertad religiosa, miles y miles chinos se bautizan. Ahora más que nunca hacen falta misioneros intelectualmente bien preparados; tenemos que dar razones de nuestra esperanza a la gente. Para llevar a cabo esta misión, la Iglesia en Europa nos ha ofrecido su ayuda: muchos movimientos de la Iglesia quieren encargarse de la educación de los seminaristas chinos. Así, muchas diócesis han enviado a sus seminaristas a Europa para recibir una mejor formación y para que luego puedan servir mejor a la Iglesia.

Lo que quiero es que la gente conozca un poco más cómo viven los seminaristas en China ahora, porque se habla mucho de la apertura de China, el desarrollo de China, incluso de la mejoría de las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y China, como si en China hubiera libertad religiosa ya. Yo quería escribir un poco cómo estudian los seminaristas en China, porque estudian mucho. Ciertamente tenemos pocos recursos para ello, pero estudian mucho, porque saben que la Iglesia lo necesita -me dolió mucho escuchar a un cardenal que dijo que el clero de la Iglesia clandestina es inculto-.
El año pasado fui a China; la vida de los seminaristas sigue siendo como antes, no pueden hablar ni cantar en voz alta. El día de la Asunción de la Virgen, no se imaginan cuántas ganas tenían los chicos de cantar una misa a la Virgen, pero no podían; cerramos todas las ventanas y puertas en pleno agosto, para que pudieran cantar algo.

Se habla mucho de la Iglesia oficial o patriótica, y la Iglesia clandestina o fiel a Roma, pero la cuestión de fondo no está en esto, sino en el sistema político: para el comunismo no existe la persona, por consiguiente, ni sus derechos, y mucho menos la libertad religiosa. Queremos todos ver una Iglesia unida en China, pero es el Gobierno el que no lo quiere.
Al amable lector, le ruego que en su momento de oración se acuerde de los obispos y los sacerdotes que están todavía en la cárcel, y rece por los seminaristas, para que seamos aptos para el reino de Dios.

Un seminarista