sábado, 15 de mayo de 2010

Una florecilla!!!!

Evangelio según San Juan 16,23-28.

Aquél día no me harán más preguntas. Les aseguro que todo lo que pidan al Padre, él se lo concederá en mi Nombre. Hasta ahora, no han pedido nada en mi Nombre. Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta. Les he dicho todo esto por medio de parábolas. Llega la hora en que ya no les hablaré por medio de parábolas, sino que les hablaré claramente del Padre. Aquel día ustedes pedirán en mi Nombre; y no será necesario que yo ruegue al Padre por ustedes, ya que él mismo los ama, porque ustedes me aman y han creído que yo vengo de Dios. Salí del Padre y vine al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre".


Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.


Comentario del Evangelio por: San Juan María Vianney (1786-1859), presbítero, párroco de Ars.

«Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre: pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa»


Fijaos bien, hijos míos: el tesoro de un cristiano no está en la tierra, está en el cielo (Mt 6,20). Pues bien, nuestro pensamiento debe estar allí donde está nuestro tesoro. El hombre tiene una muy bella función, la de orar y la de amar. Oráis, amáis: esta es la dicha del hombre sobre la tierra.

La oración no es otra cosa sino la unión con Dios. Cuando tenemos el corazón puro y unido a Dios, sentimos en nosotros como un bálsamo, una dulzura que embriaga, una luz que encandila. En esta unión íntima, Dios y el alma son como dos pedazos de cera que se funden juntos; ya nadie puede separarlos. Es una cosa muy bella esta unión de Dios con su pequeña criatura. Es una dicha que no se puede comprender. Merecimos no poder orar, pero Dios, en su gran bondad, nos ha permitido poder hablar con él. Nuestra oración es un incienso que él recibe con sumo placer.

Hijos míos, tenéis un corazón pequeño, pero la oración lo ensancha y lo vuelve capaz de amar a Dios. La oración es pregustar el cielo, algo que destila del paraíso. Jamás nos deja sin dulzura. Es una miel que baja hasta el alma y lo dulcifica todo. Las penas se esfuman ante una oración bien hecha, tal como la nieve ante el sol.