sábado, 29 de octubre de 2011

Primera Oración vocacional

Viernes 28 de octubre. Primera Oración vocacional del curso 2011-2012.

Fue un regalo. 30-35 personas. Presidiendo el Señor Sacramentado y la cercanía de nuestro obispo D. Ciriaco y nuestro rector D. Pedro. Gracias a todos.

Compartimos con vosotros la Lectio que nos ayudó anoche a profundizar en quién es Jesús para nosotros. Esperamos que disfrutéis como lo hicimos nosotros...

Lectio Divina de Mateo 16,13-20

Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo

Leemos Mateo 16,13-20

En aquel tiempo, 13 llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe y preguntaba a sus discípulos:

- ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

14 Ellos contestaron:

- Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.

15 Él les preguntó:

- Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

16 Simón Pedro tomó la palabra y dijo:

- Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

17 Jesús le respondió:

- ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.

18 Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. 19 Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que ates en la tierra quedará desatado en el cielo.

20 Y les mandó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

Meditamos la Palabra

Si el Maestro me pregunta hoy sobre la opinión que la gente, los hombres y mujeres de nuestro tiempo tienen sobre él, escucharía ciertamente las respuestas más variopintas y variadas: algunos, muchos, no han oído hablar de él; a otros les ha llegado la noticia, pero parece que no les interesa; para muchos probablemente Jesús es un personaje histórico famoso, un líder, un idealista, un reformador, un Jesús Superstar...

También podría haber la consoladora respuesta de muchos para los que Jesús es el Señor, el Dios de sus vidas, el tesoro escondido y precioso por el que van dando gota a gota su vida, la respuesta a sus interrogantes, el Maestro Camino, Verdad y Vida, la suprema razón de su existir...

Pensando en todo esto, me siento en actitud orante ante el Maestro divino, medito su Palabra y le escucho ahora la pregunta más directa y personal: ¿Quién soy yo para ti? Tú, ¿quién dices que soy yo?

Antes de responder, le pido al Espíritu que también yo, al igual que Pedro, abra el oído y el corazón a la revelación del Padre que susurra muy dentro la respuesta que agrada a Jesús, respuesta de una fe no aprendida de memoria, sino vivencial: «¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo!»

Siento que la respuesta viene de dentro de mi ser, que no puede ni debe ser una simple respuesta fruto de una búsqueda racional, leída en los libros, ni tampoco una respuesta fruto del esfuerzo de mi voluntad, “de la carne y de la sangre”. La fe es siempre y sólo don gratuito del Padre de todo don.

La acojo con humilde y profunda actitud de alabanza y acción de gracias. Y siento que el Maestro también recibe mi respuesta con el mismo gozo que le produjo la adhesión de la “gente sencilla”. Y a mí, como a Pedro y a todo creyente, el Señor me llama dichosa, bienaventurada. Sí, como a María, la Virgen Madre, también nos dice: “¡Dichosa tú que has creído!”.

Con la conciencia y el gozo de esta bienaventuranza, en la Iglesia, edificada sobre Pedro, yo también siento que estoy llamada a ser, por gracia, “piedra viva”.

Y, en obediencia y comunión filial con Pedro y con sus sucesores, creo que, en fuerza del Bautismo y de los sacramentos, yo también poseo las “llaves” de la caridad, de la oración, del don de ser instrumento sencillo de liberación, de pacificación, de amor y perdón para todo hermano y hermana, para las mujeres y hombres que Dios pone en mi camino.

Pedro y sus sucesores han recibido “las llaves”, la autoridad del “primado” de la autoridad al servicio del Reino, para la salvación de todos. En dimensión esencialmente distinta, pero también real, todo bautizado está llamado a “atar y desatar” por el poder que nos da el Señor Jesús a través de los Sacramentos y del don de su Espíritu. Realizamos esta misión mediante la oración de intercesión, la caridad y el perdón de corazón hacia todos, la entrega generosa, el servicio. Un servicio a la liberación más ambicionada: conseguir que, en cuanto pueda depender de mí, de nosotros, todos lleguen a “la libertad plena de los hijos de Dios”.