sábado, 17 de diciembre de 2011

DOMINGO IV de Adviento


Anuncio de la encarnación del Señor

La liturgia no tiene preocupaciones cronológicas. Lo que le importa es introducirnos en la contemplación del misterio. Por eso en este domingo ha querido centrar nuestra mirada en tres mensajes que anuncian que el hijo de Dios toma carne en el seno de una Virgen:

·         El ángel enviado a José nos informa que el niño que recibirá los nombres simbólicos de Jesús y de Enmanuel (“Dios salva” y “Dios con nosotros”) ha sido concebido por obra del Espíritu Santo.
·         El ángel que saluda a María de parte de Dios recibe su consentimiento para comenzar la obra de la redención.
·         Isabel, llena del Espíritu Santo, proclama la presencia del Señor en el seno de María.

La Iglesia, como María llena de fe y de humildad, confiesa “haber conocido, por el anuncio del ángel, la encarnación del Hijo de Dios”, y canta:

“Cielos, destilad el rocío;
nubes, derramad la justicia;
ábrase la tierra y brote el Salvador”.

El misterio es inmenso, ha estado “mantenido en secreto durante siglos eternos, y, manifestado ahora en la Sagrada Escritura, ha sido dado a conocer por decreto del Dios eterno”. Por eso, la Iglesia abre el libro de la Palabra de Dios y nos invita a guardar todo esto y a meditarlo en el corazón (Lc 2,19.51). Y así, después de oír el anuncio de los tres mensajeros, lee la profecía de Isaías acerca de la virgen que da a luz al Enmanuel, y la de Natán a David sobre la duración eterna de su Reino, y la de Miqueas, que dice dónde nacerá el Mesías. Completa la meditación de las profecías antiguas con la reflexión apostólica (San Pablo) que no sólo se ocupa de los orígenes históricos de Jesús, Hijo de David e Hijo de Dios, sino también del mensaje de salvación que este misterio entraña. Pues Cristo, al hacer su entrada en el mundo, se dispuso a ofrecerse en sacrificio redentor para santificar a todos los hombres.

Pero la Iglesia no sólo nos hace meditar en el misterio de la encarnación, sino que, además nos introduce en él de una manera sacramental gracias a la acción del Espíritu Santo en la eucaristía. En efecto, entre la encarnación y el misterio eucarístico existe un maravilloso paralelismo, que no ha escapado a la inspiración de la plegaria litúrgica. Precisamente en este domingo, en que la Iglesia se concentra en el acontecimiento que se produjo en María por obra del espíritu Santo, ha de decir el sacerdote la siguiente oración sobre las ofrendas:

“El mismo Espíritu, que cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de la Virgen Madre, santifique, Señor, estos dones que hemos colocado sobre tu altar”.

La plegaria se sirve de las mismas delicadas imágenes empleadas por el ángel en la anunciación, que muestran a María como el nuevo tabernáculo del Altísimo al acoger en su seno la presencia divina del Hijo de Dios. El Espíritu Santo desciende también sobre los dones eucarísticos para transformarlos en el cuerpo y sangre de Cristo para hacer de aquellos que los reciban una sola cosa con el Señor. La acción santificadora del Espíritu, que realizó la encarnación y efectúa el misterio eucarístico, llega de este modo a los que comulgan con el Verbo encarnado hecho alimento. Los que celebran la encarnación del Hijo de Dios se convierten, también ellos, en portadores de Cristo al completar su participación litúrgica en el misterio por medio de la recepción de la eucaristía.

Por eso, su modelo perfecto será María, virgen creyente, como la llamó Pablo VI en la exhortación Marialis cultus, porque “concibió creyendo” y “llena de fe concibió a Cristo en su mente antes que en su seno” (San Agustín). La Iglesia se identifica con María en el Adviento porque ella lo supo “esperar con inefable amor de Madre”:

“El mismo Señor nos conceda ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza” (pref. II de Adv.).